El sentimiento de un maestro

Enseñar no alcanza (y tal vez nunca lo hizo)
Enseñar bien no siempre significa que algo esté cambiando. Tal vez el problema no es cómo enseñamos, sino lo que creemos que significa enseñar.
Por: Harold Morales Grisales. Profesor de la Facultad de Ciencias Económicas e la Universidad de Antioquia.
No fue un momento épico ni una escena digna de recordar. No hubo aplausos, ni frases memorables, ni un estudiante agradecido que me hiciera sentir que todo valía la pena. Fue, más bien, una incomodidad silenciosa en medio de una clase cualquiera. Yo explicaba con claridad, los estudiantes tomaban nota y la sesión fluía sin tropiezos. Todo parecía estar “bien”. Y, sin embargo, algo no se movía. No había fricción, no había tensión, no había rastro de transformación. Fue ahí donde apareció una sospecha que no me ha soltado desde entonces: podía enseñar bien… y aun así no estar pasando nada realmente importante.
Durante mucho tiempo asumí —como muchos docentes— que nuestro papel era claro: dominar un contenido, organizarlo de manera lógica y transmitirlo con la mayor claridad posible. Bajo esa idea, enseñar bien era casi un asunto técnico: estructurar, explicar y evaluar. Pero con el tiempo empecé a notar algo incómodo. Si eso fuera suficiente, no tendríamos estudiantes que aprueban sin transformar realmente su manera de pensar, ni profesionales que saben ejecutar procesos, pero no cuestionar el sentido de lo que hacen. Tampoco tendríamos aulas llenas de presencia y, al mismo tiempo, vacías de pensamiento.
Y entonces la pregunta cambia de lugar. Deja de ser “¿cómo explico mejor?” y empieza a convertirse en algo mucho más profundo: ¿qué está pasando realmente cuando enseñamos?
En medio de esa incomodidad me encontré con ideas que, lejos de tranquilizarme, terminaron desordenándome más. Jacques Rancière cuestiona la centralidad de la explicación en la enseñanza y advierte que esta puede instalar relaciones de dependencia intelectual: uno piensa y el otro sigue. Cuando esa lógica se vuelve costumbre, el estudiante deja de intentar comprender por sí mismo, no porque no pueda, sino porque deja de sentir la necesidad de hacerlo. Y ahí entendí algo que no es fácil aceptar cuando uno ha construido gran parte de su identidad desde la docencia: explicar bien no siempre significa hacer pensar.
Pero esta reflexión no me llevó a buscar fórmulas mágicas ni metodologías “innovadoras” para parecer moderno. Me llevó, más bien, a cambiar pequeñas cosas profundamente humanas. Empecé a escuchar más y a intervenir menos. A resistir la necesidad de cerrar rápido una discusión. A tolerar silencios incómodos. A devolver preguntas en lugar de respuestas automáticas. Y fue ahí donde las clases dejaron de sentirse perfectas, pero empezaron a sentirse reales. Había tensión, había duda y había momentos en los que nadie —ni siquiera yo— tenía absoluta claridad. Y, paradójicamente, era justo ahí donde comenzaba a aparecer el pensamiento.
En esa misma línea, John Dewey insistía en que la educación no puede reducirse a transmitir información, porque aprender no es acumular respuestas, sino enfrentarse a experiencias reales, tomar decisiones y construir sentido desde ellas. Cuando el aula pierde esa dimensión humana y reflexiva, el aprendizaje puede ocurrir… pero difícilmente transforma.
Con el tiempo fui entendiendo que enseñar no siempre consiste en agregar cosas. Muchas veces consiste, precisamente, en quitar: certezas demasiado cómodas, respuestas automáticas y la idea de que aprender es simplemente repetir correctamente lo que alguien más organizó. Y ese movimiento no es cómodo para nadie. Ni para quien aprende ni para quien enseña. Porque implica renunciar a la tranquilidad del control y aceptar que lo verdaderamente formativo suele ser incierto, imperfecto y, muchas veces, profundamente desordenado.
También entendí que ser maestro no es algo que ocurre únicamente dentro de un salón de clase. Es una manera de estar en el mundo. Uno enseña cuando escucha genuinamente, cuando cuestiona con respeto, cuando acompaña procesos y cuando ayuda a que alguien vea algo desde otro lugar. Pero también deja de enseñar cuando se vuelve completamente predecible, cuando todo está resuelto de antemano y cuando la educación se convierte únicamente en rutina.
Hay algo más que el tiempo termina revelándole a muchos maestros: enseñar implica convivir constantemente con la duda. A veces uno se pregunta si aquello que dijo realmente sirvió, si una conversación logró quedarse en alguien o si todo terminó perdido entre apuntes, evaluaciones y afanes cotidianos. Y, aun así, seguimos entrando al aula con la esperanza —a veces silenciosa— de que una idea, una pregunta o incluso una incomodidad puedan mover algo en la vida de otra persona.
Y quizás ese sea uno de los riesgos más silenciosos de la docencia: acostumbrarnos a que todo funcione… sin preguntarnos si algo realmente está cambiando.
Hoy no creo que el gran problema de la educación sea la falta de información. Nunca antes habíamos tenido tanto acceso al conocimiento como ahora. Tampoco creo que el problema sean únicamente las tecnologías o las nuevas generaciones. La incomodidad, si somos honestos, es otra: seguimos creyendo que enseñar es suficiente. Y tal vez no lo es.
No alcanza con explicar mejor, ni con tener mejores presentaciones, ni con llenar formatos, plataformas o evaluaciones, si lo que está en juego —la capacidad de pensar, cuestionar y posicionarse críticamente frente al mundo— permanece intacto.
Por eso, más que respuestas definitivas, hoy me quedo con una inquietud constante. Una sospecha que aparece cada vez que entro a un aula: tal vez nuestro trabajo no es llenar personas de certezas, sino generar las condiciones para que alguien no vuelva a mirar el mundo exactamente igual después de una conversación, una clase o una pregunta.
Y si eso no ocurre —si nada se incomoda, si nada se mueve, si nada se transforma— entonces sí: enseñamos, cumplimos, avanzamos y evaluamos.
Pero en el fondo, todo siguió exactamente igual.
Justo hoy, en el Día del Maestro, quizás valga la pena detenernos un momento y hacernos una pregunta incómoda: ¿lo que hacemos en el aula realmente mueve algo o simplemente funciona?
Porque entre que una clase salga bien y que algo realmente cambie en la vida de alguien, existe una distancia enorme.
Y tal vez la docencia empieza precisamente el día en que dejamos de ignorarla.




